Pour l’envoûtante lézard!

Cuando llega el invierno algunos corazones se encogen, vistiéndose de negro para guardar luto de memorias oscuras y de otros tiempos que no desean ser recordados.
Sus vestiduras se tornan lúgubres, frías, con recovecos para permitir a los demonios poseer sus mentes y sus corazones. El desaliento y la desesperanza campan por sus cuerpos y sus sentimientos se congelan. No pueden sentir el calor de un abrazo o la compasión al oír un llanto de amor, de pérdida o de desesperación. Pero cuando pase la tormenta, cese el invierno y el mundo quiera recibir con regocijo su merecida estación, ya no habrá marcha atrás. Ellos, cuyos corazones no pudieron sobrevivir al invierno, se darán cuenta de la soledad y del desánimo que los acompañará, buscarán incesantemente aquello que les mitigue la pérdida, obtendrán recelos y se cruzarán con sus congéneres caducos del invierno. No encontrarán calor alguno, pues sus corazones yacen fríos e inertes, y sus futuros y esperanzas frustrados. Sin embargo obtendrán algún día el beneficio de la sabiduría que se adquiere sufriendo una vida apegada a sus propios egos, y en ese momento, trascenderán.

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Publicado el enero 24, 2015 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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